Spanischen Nr. 250 Wehrmacht Div.

Todo sobre la Segunda Guerra Mundial y conflictos anteriores

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...y más.

Notapor juantono carro 001 el Vie Oct 19, 2007 7:06 pm

El segundo Batallón era el más veterano en la Blau. Habí­a entrado en lí­nea la noche del 11 al 12 de Octubre. No mucho antes, la verdad. Pero con todo y ser pocos los dí­as transcurridos, ya habí­a conocido el bautismo de fuego. Fuera la noche antes, un poco más arriba. Un Batallón enemigo, enterito, habí­a intentado atravesar el rí­o con el fin de averiguar quiénes eran los extraños huéspedes que sustituí­an a los tranquilos alemanes. Se habí­an encontrado con un cacao tremendo. Su Batallón de incautos habí­a quedado para los restos...Cerca de 100 prisioneros y muchos más muertos en las dos orillas del rí­o; porqué, eso sí­, habí­a llegado a cruzarle para volver a repasarle en seguida.
Pero todo aquello habí­a sido más arriba. El Sargento Domingono habí­a intervenido. Sin embargo, se consolaba; aquella noche entrarí­an él y los suyos en el fregado. Por eso estaba armado de punta en blanco, con los peines rebosándole las cartucheras y los bolsillos, con las bombas de mano colgando como palillos; por eso aguardeba.
Aquella noche intentarí­an un golpe de mano. Era preciso reconocer la orilla que se divisaba desde allí­, sin señales de vida.
Aguardaban. Tení­an que aguardar. Las mejores horas para las sorpresas eran las que precedí­an al amanecer, cuando reinaba una oscuridad completa y se relajaba la vigilancia. Habrí­an de reconocer el terreno y hacer prisioneros. Prisioneros, desde luego, desde la noche antes, tení­an de sobra los de la sección de información; pero decí­an que querí­an más. Bueno...
En un rincón, mostruosamente hinchadas se ocultaban unas canoas de goma. Con ellas se atravesarí­a el Wolchow. Aquellos alemanes eran unos tios enormes y seguro estaba que en aquellos chismes navegarí­an como las señoritas por el Guadalquivir. Quozá al volver, tuvieran más prisa que al ir. Cosas de la guerra. Esperaban.cEl tiempo pasaba muy despacio.
Recordaba Domingo los dí­as anteriores, el relevo apresurado, los alemanes que les miraban, a ellos, los españoles, como si fueran habitantes de la Luna. Recordaba aquella carretera, llena de Panzers
cuando ellos pasaban, panzers que iban al frente de Leningrado, allá arriba; recordaba todos los detalles de organización guerrera en el frente y la inmediata retaguardia: hospitales, comandatures, Planas Mayores, Feldgerndarmes en los cruces, cantinas y cocinas humeando.
Aquello quedaba atrás, no mucho, la verdad. El frente estaba allí­, delante de sus ojos. Una cosa lomigualaba todo: la nieve. Una nieve que en los caminos lo volví­a todo negruzco, helado, donde los soldados tení­an que caminar a saltos, como si fueran pájaritos. Lejos de los caminos la nieve permanecí­a blanca, ocultando las desigualdades del terreno, enmascarando los setos y parapetos.

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Cruzando el Wolchow.

Seguiremos con esta acción de los hombres de la División Azul.
Saludos.
Última edición por juantono carro 001 el Jue Oct 25, 2007 6:14 pm, editado 1 vez en total
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El Reconocimiento.

Notapor juantono carro 001 el Lun Oct 22, 2007 5:23 pm

Aquella noche no dormí­a nadie en la Casa del Señor. Ni en la Vaguada. La sección de Asalto del Teniente Galiana se encontraba a dos pasos, esperando. Decí­an que el Coronel también estaba esperando, en la PLM, el resultado de la operación.
¡Otra bengala! Los rusos parecí­an inquietos. Se acercó un Sargento de la sección de Asalto para preguntar la hora. Eran las tres.
¡Vamos!
Empezaron a embarcar. El bote se tambaleaba peligrosamente. Los pies y las manos tocaban en blando y la sensación era muy rara. Salpicaduras. Algunos se mojaban hasta las rodillas. Menos mal que en la orilla quedaban los escuchas para empujar. El fusil ametrallador se colocó delante. Con unas paletas muy anchas se empezó a maniobrar.
Un topetazo indicó que habí­an llegado. Fueron los segundos; antes arribara el bote del oficial. Llegó el tercero. Los soldados del primero ya estaban desparramados, esperando la reacción enemiga. No la hubo. Tendrí­an frí­o o se habrí­an dormido. Mejor.
Se quedaron tres hombres junto a los botes, tumbados. El Teniente ordenó la sección en tres direcciones. A Domingo, con su pelotón, le tocó subir. Tendrí­an que explorar a lo largo y a lo ancho, sin abrir fuego más que en caso necesario, para no comprometer a los demás. Caso de encontrar resistencia, se retorcederí­a. Cubrirí­an, entre todos, cerca de medio kilómetro.
Silencio absoluto, no se oí­a nada. Casí­ empezaba a sentirse chasqueado. Media hora después se encontraba ante una senda bien trazada. Un grupo de casas se recortaban a lo lejos. Según sus cálculos, habí­an recorrido un kilómetro desde el rí­o. Señales de pasos y hogueras. A la derecha quedaba un pequeño montí­culo, a la izquierda un barranco. Se reunieron todos en la prominencia. Iba a disponer que dos soldados se arrastraran hasta las casas cuando una ráfaga de ametralladora, seguida de un bombazo de mano resonó un poco más abajo.
Hubo unos instantes de profundo silencio. Empezaron después sin orden ni concierto, a resonar disparos. Pudo impedir que su gente le diera gusto al dedo. Unas bengalas, arrojadas a toda prisa, iluminaron el espacio. A su luz vieron abandonar el grupo de casas a unos cuantos soldados. ¡Los rusos! Arrastraban una ametralladora y vení­an en su dirección. Sin saber cómo, se encontró disparando. Los rusos, desconcertados, volvieron a las casas. El fuego se habí­a generalizado en un pequeño sector. La orilla enemiga seguí­a silenciosa..
El follón empezaba a tomar grandeza. Un endemoniado fuego de ametralladoras barrí­a el sector.
Habí­a que volver. No llevavan prisioneros. La artillerí­a rusa empezó a tirar a tontas y a locas. No era cosa de esperar a que te atizaran, salieron disparados hací­a los botes. Una exclamación y unos tacos en perfecto castellano resonaron en la noche; los de vanguardia tropezaron con un ruso que asustadí­simo se puso las manos en la cabeza, "niet comunist". Les vino Dios a ver. Ya tení­an a su prisionero, el Coronel podí­a dormir tranquilo. Habí­a costado dos muertos, tres herí­dos y un desaparecido de la sección de Asalto

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¡Prisionero!

Saludos. Continuaremos.
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La División Azul y su míºsica.

Notapor juantono carro 001 el Mié Oct 24, 2007 4:34 pm

Haremos un parentesí­s en las narraciones que sobre la división y divisionarios que vengo haciéndo, para conocer algo innato en los españoles, su alegrí­a y jolgorio, sus canciones y la música.
La División azul fue inspiración de marchas militares, himnos gloriosos y canciones alegres que cantaban los hombres en aquellas tierras lejanas. Bien dice el reflan español que; "cuando el español canta o está jodido o poco le falta" pues allí­ los españoles cantaron, cantarom hasta desgañitarse, canciones populares, de guerra, de amor, para quitarse las penas, la añoranza, el hambre, la soledad y no se cuantas cosas más. Agustí­n de Foxá y José Maria Alfaro Polanco y el músico Juan Tellerí­a crearon el magní­fico himno "Canto a la División Azul" inspirándose este último en el sonido de la locomotora que encabezaba el convoy ferroviario que partí­a de la Estación del Norte, de Madrid con una expedición de voluntarios. El canto se estreno en el Teatro Calderón de Madrid, el 8 de Diciembre de 1.941. " Con mi canción por los caminos, con mi división , que en Rusia está yo voy..." y sigue "...el martillo al taller, la hoz a segar...y entusiasmados mis camaradas van al lado de su capitán..."
Después tenemos todo el repertorio de las canciones falangistas y las de la guerra civil pasada, más las que se sacaron allá con evidente desenfado.
De las primeras destacarí­a: "Nueva Luz", "La Madrina de guerra", "Siempre avanzando", "Camarada" y una muy conocida que llevó el tí­tulo de "Primavera" sobre un fragmento de la zarzuela de Sorozábal "Katiuska" que a su vez procendí­a del folklore ruso, "Era la Katiuska una jóven divina hija de un antiguo oficial del Zar..."
De las del repertorio más desenfadado tenemos esa que decia: "Entraremos en la estepa gritando ¡Viva la Pepa! Cuando entremos en Moscú tomaremos un vermouth. Al entrar en Leningrado tomaremos un helado. Al volver de nuevo a España tomaremos una caña. Fumaremos un pitillo que nos regala el Caudillo. Beberemos vino añejo que lo pagará Riduejo." y el estribillo decí­a "Tómala si un dí­a, tómala si dos".
Fueron tantas y tantas las canciones que es practicamente imposible de conocerlas todas. Esto ha sido un ejemplo corto.
Seguiremos. Saludos.
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La División Azul y su míºsica (y II).

Notapor juantono carro 001 el Jue Oct 25, 2007 6:12 pm

También se adaptaron, por los propios voluntarios, algunos tí­tulos de la música ligera, como la famosa polka "El barril de cerveza", con una letra de circuntancias y el tí­tulo de "Blau División": "Blau División no hagas más el tontón. Despistate a Riga o a Kí¶nigsberg. Preparate a ver helado el volchov, pues vas a pasar por lila otro invierno en Novgorod..."
La famosí­sima "Lilí­ Marlen" no se escapó de ser españolizada.
Otra, sobre un fox de la época, era "El Voluntario Alegre", una de sus estrofas aludí­a, ¡como no!, a las muchachas rusas: "Si a una "paienka" le dices, ven conmigo a pasear, "Njet panimaio" contesta y te tienes que achantar..."
El colmo de la capacidad de los combatientes españoles para adaptar canciones fué una versión alemana de "La Parrala", pasodoble entonces muy de moda en España, gracias al arte de Concha Piquer: "Die Parrala sagen sie war von Moguer und andere sagen si war von Die Palma..."
Luego se cantó, como ya se ha dicho las canciones de uno y otro bando de la pasada contienda civil; "Los tres muleros", "¡Hay Carmela!", "Por el rí­o Nervión", etc. Hubo una que me resultaba muy divertida y mi tí­o Fernando a sabiendas de que me gustaba me la hizo aprender de jóven. Decí­a así­: "Un Capitán de montaña, el testamento dejó,: Que le entierren con la cuna la cureña y el cañón... que le suban que le bajen...que le canten el quirilesón. Que lo entierren con el rabo del mulo que lo mató, que le suban... ..."
Bueno pues con esto acabo el capí­tulo dedicado a la música divisionaria.

Saludos.
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El Cabo Esteban Mulero.

Notapor juantono carro 001 el Sab Oct 27, 2007 2:20 pm

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El Cabo Esteban Mulero. Medalla Militar individual.

El Cabo Esteban Mulero miró an torno suyo con los ojos entrecerrados. El humo de los incendios le hizo arrugar la nariz bajo el pasamontañas, mientras veí­a cruzar por las zanjas y los escombros las sombras de sus camaradas de la 5ª Compañí­a del 2º Batallón, que acababan de llegar a Possad. Descubrió la figura familiar del Capitán Temprano recorriendo los puestos. El Capitán se detuvo en la zanja ocupada por la 3ª Sección y escuchó las novedades:
-Todo tranquilo...de momento.
El Cabo Esteban Mulero miró hacia el bosque. Oscuridad y silencio. Pasó la mano enguantada por la culata del fusil ametrallador,y, combiando de postura, se apoyó de espaldas en la zanja.
Hací­a media hora que estaba en el puesto. Media hora antes, sus compañeros de Pelotón habí­an sido alojados en una isba destrozada por las explosiones. Una isba sin techumbre, pero que aún mantení­a en pie sus cuatro paredes de rollizos, dentro de las cuales se iba acumulando la nieve.
Media hora antes, el Cabo Esteban Mulero habí­a entrado en el infierno de Possad, después de recorrer a duras penas aquellos once malditos kilómetros de carretera convulsionada por los obúses y las minas soviéticas. Y ahora estaba allí­, de puesto en la zanja, tendiendo la vista hací­a el bosque extrañamente silencioso.
-Once kilómetros...-murmuró.
En ese corto trayecto habí­an muerto muchos de sus camaradas de Sección. El Sargento Manuel Cuesta Catalán habí­a salltado por los aires, hecho pedazos, al pisar una mina anticarro. Con él murió el Sargento Jose Campos Estrada, su Sargento, su jefe de Pelotón. Murieron varios soldados y otros cayeron herí­dos. Pazos, guripa jerezano, alegre y valiente hasta la temeridad, se negó a ser evacuado.
-Vuelve atrás, Pazos. En Schevelevo podrán atenderte...
-No mi Alférez, yo no retrocedo. Además no puedo andar.
Fuentes tanbién estaba herí­do. En realidad Fuentes no se llamaba así­, pero en la unidad le colgaron este nombre poeque era de Fuentes de Andalucí­a.
-Yo me quedo contigo Pazos.
Pazos se encogió de hombros:
-Como quieras Fuentes.
-Esperaremos los dos a que pase una ambulancia, o un trineo. El Alférez Aguirre terminó aceptando.
-Bien, haced lo que os de la gana.
Esteban Mulero los vio arrastrar las piernas hací­a la cuneta y sentarse junto a un árbol. "Nos reuniremos en Possad" le habí­an dicho.
Mulero no podí­a sospechar que se quedarí­an allí­ para siempre, junto al árbol del ribazo, cuando pasó una ambulancia y los sanitarios descendieron para recogerlos, hallaron dos cuerpos sin vida atrozmente acribillados a bayonetazos.
El Cabo Esteban Mulero, volvió a cambiar de postura en la zanja. Esta vez dió un salto y se arrojó de bruces sobre el fusil ametrallador. Del bosque se alzaba un rumor de pasos precipitados, un entrechocar de armas y un chirriar de ruedas. Alguien a su izquierda, lanzó un grito de alarma y, simultaneamente, el bosque empezó a eructar fuego contra las posiciones españolas
-¡Ya están ahí­, ya vuelven!
La oscuridad devaneció de pronto, rasgada por los hilos siniestros de las trazadoras. Explosiones, tifones de tierra y nieve, carreras, caí­das, maldiciones y jadeos.
-Ya vuelven!
El cabo disparaba con avidez el fusil ametrallador.
El combate arreciaba.
Los rusos embestí­an brutalmente contra el circulo exterior de trincheras. Oleadas humanas se estrellaban en las alambradas. Algunos grupos asaltantes conseguí­an revasarlas y avanzar algunos metros soltando rafagas.
-¡Hurra, hurra hurra!...¡Ispantsi kaput!
Acodado en el borde de la zanja , el Cabo Mulero, apretaba desesperado el disparador de su fusil ametrallador. El primer servidor habí­a caí­do.
-¡De prisa otra cinta! El cañón del fusil estaba al rojo vivo
-¡Otra cinta! ¡Otra cinta!
Las siluetas se detení­an en plena carrera, se encogí­an, se doblaban en la nieve. Pero detrás avanzaban más. Y más. Y otras mas...
-¡Arriba España!
Esteban Mulero miró en la dirección del patriotico grito y vió acercarse a un oficial gateando por la zanja.
-¡Cabo, no se da cuenta que han retrocedido! ¡No malgaste munición!
Cuándo termino el combate, de los de la zanja sólo sobreviví­a el Cabo
Sebastian Mulero.
Este combate sucedio en Possad en el invierno de 1.941-42. El cabo Sebastian Mulero fue condecorado.
No he podido contrastar si sobrevivió a la guerra.

Saludos.
Seguiremos.
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Re: El Cabo Esteban Mulero.

Notapor racta46 el Sab Oct 27, 2007 4:54 pm

juantono carro 001 escribió:Imagen
El Cabo Esteban Mulero. Medalla Militar individual.

.


interesante ....no sabia yo lo de este cabo medalla militar individual ni siquiera habia visto esa foto por ningun lado.
me lo parece a mi o lleva en el cuello el galón de cabo español ? :shock: ... desde luego que los integrantes de la DEV no pasaron inadvertidos :roll:

cojo.....do Juan , el hilo

saludos :wink:
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Cabo Mulero.

Notapor juantono carro 001 el Sab Oct 27, 2007 5:07 pm

Amigo Racta, esa foto apareció en un Signal de la época (Revista semanal alemana de los frentes) traducida al español. Data de Mayo de 1.942.
Lo de los galones, pues no se que decirte, creo que son los galones plateados de la infanterí­a alemana, pero sucios de verdad, aunque vaya vd. a saber, los españoles traí­an por la calle de la amargura con la uniformidad a los rectí­simos teutones.
Hay más héroes condecorados o no, ya ire poniéndo sus historias.
Un saludo.
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¡Adelante!

Notapor juantono carro 001 el Lun Oct 29, 2007 1:44 pm

La operación a gran escala habí­a empezado a las cuatro de la tarde del 20 de Octubre de 1.942. A esa hora, las fuerzas del Comandante Miguel Román Garcí­a jefe del 2º Batallón del 269, arremetí­an contra el enemigo en la orilla derecha del Voljov.
-¿De que unidad soí­s?
-De Antitanques Divisionarios.-Respondió, de mala gana el soldado Ricardo Bárcena San Miguel.
Los botes de goma y las balsas de madera no daban abasto, y los pontoneros españoles y alemanes trabajaban a destajo para tender puentes de rollizos sobre el Voljov y renconstruir los que el enemigo habí­a incendiado en su retirada del mes de Agosto. Grupos de prisioneros transportaban a hombros los troncos de árbol y el material de los pontones. Clavaban estacas, ajustaban armaduras prefabricadas, tablas, vigas y tirantas, indiferentes al frí­o y la ventisca y a los proyectiles de su propia artillerí­a que continuaba cañoneando la cabeza de puente y las nuevas posiciones españolas.
-Pués que tengaí­s suerte...
Eran dos secciones completas de piezas de antitanques del 37. Las piezas tuvieron que pasarlas los prisioneros a brazo.
-¿Suerte?
¡Narices, suerte! Ricardo Bárcena pansó que aquellos tipos de la cabeza de puente eran unos cachondos. Que les estaban tomando el pelo.
-¡Vamos muchachos adelante!...
Ricardo echó andar en la nieve, que por aquel punto estaba enfangada. Se hundió hasta las rodillas, resbaló y estubo a punto de caer de bruces.a Alguien le echó una mano al brazo, "¡Vamos muchacho, vamos!". Ricardo iba pensando en su hijo, un hijo que aún no levantaba dos palmos del suelo y al que habí­a dejado en España para venirse a la guerra. Ricardo tení­a ventisiete años era todo un veterano al lado de tanto bisoño voluntario, y su experiencia le decí­a que algo gordo se estaba fraguandolos allá arriba, en las aldeas junto a la carretera ocupadas por los rusos.
-¡De prisa! ¡De prisa...!
Terminaron de cruzar el rí­o hombres, máquinas y caballos. Y sus siluetas oscuras se perdieron entre remolinos de ventisca. Los hombres se hundian en la nieve y el barro, caí­an de bruces, se incorporaban y proseguí­an su marcha en columna de a uno. Cada cierto tiempo obedecí­an a la orden de cubrirse, permaneciendo un rato agazapados, tersis los sentidos, el Á­ndice arqueado sobre el gatillo se las arma. Pasaba la alarma y volví­an a avanzar. Los guí­as se orientaban de mala manera en la nube frí­a y punzante de la ventisca, y los zapadores marchaban a su lado, detectando las minas de antenas con forma de pequeños bastones. Los oficiales consultaban sus brújulas y planos.
De pronto, se oyeron gritos y voces nerviosas en la vanguardia de la columna. Jose Molina vio rodar varios bultos en la nieve. Reinó un momento de confusión, pero en seguida se aclaró el motivo de alarma. Los guí­a habí­an tropezado con una patrulla en medio de laventisca. Se dieron de bruces. Menos mal que la patrulla era española. El Capitán se aproximó corriendo. Uno de los hombres de la patrulla le saludó cruzando el brazo sobre el pecho.
-A la orden mi Capitán...vienen por la vereda dos carros...
Era un sargento. Acababa de salir de Smeissko, al mando de su pelotón, con instrucciones de enlazar con la ª Compañí­a y conducirla al poblado, allí­ temí­an que la vesntisca y la oscuridad hubiera podido desorientarlos. Fue entonces que se dieron de bruces con los dos carros T-34, el ruido de la tormenta y la nieve no les habí­an dejado oí­r ni verlos hasta que casí­ los atropellan. Desbandada general y en esto tropiezan con las secciones de antitanques.
El Capitán ordena que las dos primeras piezas entren en posición.
A desenganchar toca, no hay apenas tiempo, se oyen los quejidos de las cadenas y el ronco ruido de los motores al acelerar en la nieve.
Ricardo Bárcena colocá el telémetro en el cañón PAK-37, lo cargan sus compañeros y esperan apenas unos segundos... En el camino, se vislumbra entre la ventisca una sombra negra, sin pensarlo apenas el Capitán da la orden de fuego...Una explosión y nada...aquel dichoso T-34 sigue como cualquier cosa, no le ha afectado el impacto, es inmune al calibre de los antitanques españoles...En esto para un instante, como para orientarse sus tripulantes de donde ha privenido el disparo. El Capitán sin pensarselo, salta a la vereda, con sendas bombas de mano en cada una de las manos, en una loca carrera, agazapado se dirige al primer carro, una rafaga de ametralladora le frena y le mata al instante, pero ya era seguido por media docena de voluntarios que siguiendo su ejemplo se encaraman a los carros y lanzan las bombas por las mirillas de ventilación, vuelan por los aires al hacer explosión.
Ricardo está tendido en el ribazo, no siente nada, smplemente un sanitariode le está aplicando un torniquete en lo que queda de su pierna derecha.
En dos meses le repatriaron...al final pudo ver a su hijo.

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Los carros soviéticos eran inmunes a los pequeños cañones del 37 mm.
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Tendiéndo lí­neas de teléfonos, misión desagradable si se hacebajo el fuego.

Saludos.
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más cuitas...

Notapor juantono carro 001 el Jue Nov 01, 2007 5:11 pm

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Dibujo aparecido en la revista "Flechas y Pelayos" en 1.945.


La columna se detuvo en la excplanada. En la explanada se moví­an hombres, caballos, cañones y trineos del 2º Batallón del 263, cuyo jefe, el Comandante Jiménez Arenas, tení­a establecido se PC en el interior del monasterio, un templo ortodoxo al nordeste de Chutynj.
En el huerto se deslizaban las sombras encorvadas de centenares de prisioneross y evadidos soviéticos; se deslizaban en forma de noria y en hilera de a uno, transportando brazadas de ladrillos arrancados de las tapias y con destino a las nuevas fortificaciones que estaban realizando los zapadores al Nordeste del poblado. Se deslizaban arrastrando en la nieve los pies protejidos con tiras de manta; se deslizaban uno detrás de otro, trazando en la vieve un sendero circular, cada vez más hondo y más ancho. porque las piernas cada vez eran más débiles y vacilantes y los pasos se salí­an del sendero y muchos cuerpos rodaban por la nieve inanimados, en el lómote de la fatiga, del hambre, del frí­o y de la desesperación. Hora tras hora, desde el amanecer hasta la salida de la luna, aquellos seres harapientos cumplí­an la bárbara función de bestí­as uncidas a la vara de la noria invidible, girando siempre, uno detrás del otro, al mismo ritmo pausado, tardo y calmo de las yuntas. Al paso de los vencidos de está y de todas las guerras. Y de todos los bandos.
Pobre gente...
Valentí­n Dí­az Redondo sentí­a una extraña opresión en la garganta. No le gustaba aquel espectáculo.
-Es la guerra compañero- Razonó Anselmo Oyanguren.
Pero tampoco a él le agradaba aquella visión.
-¡Adelante!- el Teniente Viteri interrumpio sus meditaciones-. Vamos a alojarnos...
Los alojaron en varios barracones situados al Norte del monasterio y a la izquierda de un camino que descendí­a hasta la orilla del Voljov. Al otro lado del camino se alzaba un bosque de pinos y abedules.
-No está mal nuestra nueva casa- comentó Faustino López de Uralde inspeccionando, con mirada complacida, las paredes y la techumbre del barracón.
Se dejó caer de espaldas en uno de los catres cubiertos de paja, emitiendo un hondo suspiro de alivio. Se sentí­a fatigado, porque en vez de avanzar al paso de la columna, habí­a ido zigzagueando por los alrededores de la carretra, penetrando en los huertis para arrancar aquí­ un puñado de patatas, allí­ unas coles y unas cebollas. Y habí­a ido husmeando por los bunkers y las isbas pidiendo sal.
-Buscad por ahí­ un charro para poner todo esto a hervir. Luego se levantó del catre, colgó de un clavo la mochila y el fusil y se acercó a la estufa de hierro emplazada en el centro del barracón.
Al poco rato, él y sus camaradas miraban espumear la verdura en un cubo de latón. El vapor que expedí­a el recipiente no era muy apetitoso que digamos, y a Prudencio Armentia le recordó los calderos de agua con romoyuelo, mondas de patatas y desperdicios de comida que poní­an a cocer en las cocinas de su aldea para alimentar a los cerdos. Pero no era cosa de hacerle asco a la cocción, y Prudencio y los demás dieron buena cuenta del inprovisado rancho de coles y cabollas.
-¿Y las patatas?- Preguntó Crisanto Escalmendi.
-Las comeremos a la noche- repuso Faustino.
Durante la noche, la aviación soviética sobrevoló varias veces Chutynj, dejando caer racimos de bombas incediarias en el poblado y las posiciones próximas, incluidas las de la aldea vecina de Salerje, a un kilómetro al Este del monasterio, y los emplazamientos artilleros de la 13ª Compañí­a de Acompañamoento del 263, dotada de seí­s piezas ligeras del 7,50 y dos del 15.
-¡Maldita Parrala!...
Pero el ingenio español que se agudizaba con el hambre y los demás sufrimientos, sacó una cancioncilla;
"Que si, que si, que si, que si, que la parrala tiene tomate; que no, que no, que no, que no, que lo que suena es el tubo de escape..."

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La Bandera epañola en los frentes rusos.

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Los incomprensibles españoles.

Notapor juantono carro 001 el Lun Nov 05, 2007 4:24 pm

Si señor, para los alemanes, los soldados españoles eran incomprensibles.
¿Cómo podí­an lograr en un mes, lo que a ellos les habí­a costado años de instrucción y practicas?
-¡Nos han tomado por acémilas!- protestó Tono Torregrosa.
El hombre sudaba la gota gorda, con la ametralladora al hombro.
-¡Toma!- ¿Para qué crees que nos han escogido a los más fuertes? ¿Para defilar en Berlí­n?- replicó Alberto San Román.
Llevavan ya varios dí­as ejercitándose en el manejo de las ametralladoras MG-80, unas máquinas espléndidas, sí­ señor, pero nada ligeras de peso. Habí­an ya aprendido a clavar los niveles, apuntar por el visor, calcular distancias y entendérselas con aquel maravilloso cuadro de tiro automático que permití­a abrir fuego fijo, fuego progresivo y fuego regresivo. Era una maravilla ver cómo, con solo apretar un resorte, se elevaba lentamente el cañón de la máquina para alargar el alcance de los proyectiles, o ver cómo descendí­a para acortarlo. Habí­an superado también el record alemán de cuarenta segundos de tiempo empleado en la entada en posición de tiro, es decir, en emplazar la máquina y abrir fuego.
-¡Nein!-gritaron los instructores alemanes cuando vieron operado el milagro.
Los españoles, aquellos inexpertos españoles, les habí­an ganado por tres segundos.
-¡Sí­!- contestó el Capitán Juan José Orozco.
-¡Nein!-repetí­an los alemanes, negando con la cabeza.
-¡Sí­!
-¡Nein Das ist nicht mí¶glich!
-¡Sí­ que puede ser! ¿O es que no loven ustedes?
Al final, los alemanes tuvieron que rendirse a la evidencia y felicitar al Coronel Pimentel, jefe del Rgto.
-¡Gut! ¡Gut! Bitte, warten Sie!
Para luego murmurar entre sí­...
-Thisen Spanischen...
-¡Nos han tomado por acémilas!- repetí­a ahora Tono Torregrosa.
Los 208 hombres de la unidad, con su Capitán en cabeza y los cuatro Oficiales- Tenientes Pedreira y Arredondo, y Alféreces Loaisa y Mtz. Luque al frente de sus respectivas Secciones, caminaban ahora de regreso al campamento, dejando atrás los últimos flecos de humo de los incendios provocados por el fuego de los morteros de la 4ª Sección. De esa 4ª Sección a la que pertenecí­a Alberto San Román y que dos dí­as antes habí­a hecho bizquear a los instructores alemanes ante la puesta en el aire de catorce granadas del 80 por cada una de las 6 piezas.
-¡Nein!
-¡Sí­!...
Y lo era, ¡vaya si era posible! Ahí­ estaban las catorce granadas surcando el aire, en forma de pirámide, antes que la primera de ellas estallara en el suelo.
-¡Kolosal!...
Sí­, aquello era colosal, fantástico. Pero el Sargento Ballesteros no opinaba lo mismo. El Sargento, en su celo por superar el record de tiempo establecido por los alemanes en la entrada en posición de las ametralladoras, saltó tan impetuosamente con su máquina a una zanja, que dejó la dentadura en el cuadro del mando automático.
-Mo le importe, mi Sargento, que los "doiches" le pondrán otra más bonita- le consoló San Román con un poco de guasa.
Pero hasta que ello ocurriera, y ocurrió, por cierto, el Sargento pasó una semana de bigote.

Saludos.
Seguiremos.

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Servidores de una máquina MG.
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Sanitarios.

Notapor juantono carro 001 el Jue Nov 08, 2007 12:22 pm

El 4 de Agosto nos entregan las ambulancias, de la marca Phanomen. La mia es la de matricula WH-837934, y ha recorrido apenas 361 kilómetros, son nuevas.
A Virgilio Henández Rivadulla no le hací­a ni pizca de gracia aquello de ser sanitario. En Grafenwí¶hr, él y sus compañeros revolvieron Roma con Santiago intentando el traslado a una unidad de combate. Pero no hubo oficial, ni sargento, ni guripa jóven o viejo que se viniera al trato de la permuta. No, ha Virgilio no le consolaba la idea de poseer una ambulancia automóvil, a madias con Miguel Piernavieja, que habí­a sido nombrado jefe de conducción. Ni que cada ambulancia llevara cuatro camillas, ocho mantas, un cajón sanitario, una mochila de urgencia, cuatro bolsas de curas y dos juegos individuales. Ni le distraí­an las clases prácticas por las carreteras del campamento, ni las teóricas de primeros auxilios. Para acabar de amolar la cosa, el Sargento "Mediavuelta", como le apodaban los sanitarios, les metió un paso ligero por indisciplinados que para qué. Algo se animó, si, el bueno de Virgilio cuando les llego el turno de disparar al blanco en el polí­gono de tiro, y se clasificó en el grupo de los tiradores de primera.
El 18 de Agosto, de 1.941 la División Azul formó en la explanada de Automovilismo. Durante dos horas, los voluntarios aguantaron a pie firme el ardiente sol estival, que arrancaba chispas de los cascos de acero, los machetes y los fusiles.
¡¡¡Tarariii...Ti...Ti -¡Fir...més!
Rí­gidos como estatuas. Otra vez los 18.000 hombres rí­gidos como estatuas. Los hombres de los tres Regimientos de Infanterí­a; los hombres del Regimiento de Artillerí­a, y del Grupo de Antitanques, y del Grupo de Exploración. Los hombres del Batallón de Déposito, los del Batallón deZapadores, los de Transmisiones, los de los Servicios y las Planas Mayores y los del Equipo Quirúrgico de Campaña. Todos estaban reunidos otra vez, la última. Rigidos como estatuas.
¿Cómo estatuas? No, el calor arrecia y algunos soldados se tambalean y han de ser retirados de las filas. Pero son unos pocos. El resto aguanta bajo el sol y ante sus jefes, que tambien soportan lo suyo en la tribuna engalanada con gallardetes, guiones, banderas, cruces gamadas y toda clase de panafernalí­a nacionalsocialista. El valenciano Fernando Martí­ observa a los siete Coroneles y al General en jefe de de la 250 División de Voluntarios, o de la Spanischen Division 250, como la denominan los alemanes, o simplemente de la Blau, como empiezan a llamarla familiarmente los instructores germanos de Grafenwí¶hr.
-¡Fir...més!
Fernando Martí­ Ros, 20 años, alto, de pelo claro y rostro inteligente, pertenece desde hace pocos dí­as al Equipo Qirúrgico de Campaña. Militante del Frente de Jiventudes, alistado en la jefatura de milicias con su hermano mayor, de la ciudad del Turí­a y pasaportado a Barcelona para su salida hací­a Alemaní­a, Fernando Martí­ Ros no tiene remota idea de cómo se pone una inyección o se aplica un vendaje en una herí­da. Ya lo advirtió, ya, cuando le destinaron al Equipo Quirúrgico, pero el Sargento de su pelotón, que recibió la orden de transferencia, se limitó a decirle:
-Usted obedezca y calle.
Al volver de Rusia el sanitario Fernando Martí­ Ros, estudio Mádicina y fue un eminente Oncólogo en el trascurso de su vida profesional.
Gloria a tí­, tio Fernando.

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Los voluntarios españoles son atendidos por las "Nurses alemanas.

Saludos.
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grafenwí¶hr

Notapor juantono carro 001 el Mié Nov 14, 2007 5:01 pm

¡Grafenwí¶hr!... En la madrugada del 17 de Julio de 1.941, el 1º Batallón del Regimiento Pimentel desembarcó en el apeadero del campamento militar. La primera impresión no fue muy grata, porque habí­a llovido y los charcos reflejaban un cielo plomizo y melancólico. En el andén, tan largo que se perdí­a en la distancia, aguardaban a los expedicionarios varios altos jefes alemanes y españoles, situados a ambos lados de la ya familiar figura del Coronel Pimentel. El tren entró en agujas a los compases del himno nacional español. El percal de las banderas pendí­a, húmedo y lacio, de los mástiles, y a ratos era sacudido por ráfagas de viento frí­o.
-Hemos llegado, muchachos. ¡Todo el mundo abajo!
Los divisionarios descendieron de los vagones, tiritando, con sus mantas en bandolera, enrolladas en forma de herradura y sus macutos al costado. Formaron en medio de la neblina y en el momento en que la banda atacaba el Deutschland Á¼ber alles se inició el desfile ante los jefes y oficiales.
A la salida de la estación se ordenó paso de maniobra. Los interpretes y aposentadores alemanes que habí­an viajado con la expedición caminaban al frente de la columna.
-¿Echamos un cigarro?
La columna avanzaba por una carretera de gravilla bordeada de setos y pinos.
-Vale-aceptó Valentí­n.
Le castañeaban los dientes. Miró hací­a arriba. Gruesis nubarrones navegaban el cielo a baja altura, rozando casi las copas de los árboles. Valentí­n hizo un gesto de desagrado. No le gustaba aquel lugar.
Pero bastarí­an pocos dí­as para que los voluntarios se acomodaran a Grafenwí¶hr, a sus cervecerias, a sus bosques, y, sobre todo, a sus rubias y lozanas frí¤ulein, las alegres chocas bávaras de ojos azules.
-¡Vaya, esto está mejor!
La columna habí­a desembarcado en una de las calles del campamento militar. Asfaltada, con aceras, árboles y enormes pabellones de madera a los lados. Los pabellones, de tejados de pizarra, constaban de dos pisos estaban separados entre sí­ por varios metros de distancia. Hací­a la derecha del campamento, se veí­a una hilera de chalets para oficiales.
-Estos doiches son unos señoritos, ¿eh?
Faustino López Uralde abria mucho los ojos, bajo la palambrera de las cejas, y estiraba los labios con gesto admirativo. Descubrió que las calles carecí­an de nombre, que en las placas figuraba un número, y que cada barracón albergaba a dos compañí­as enteras, una en cada piso. Y que éstos de dividí­an en habitaciones para diez soldados. Y que para mayor pulcritud ordenancista, cada catre estaba numerado y que el número correspondí­a al del divisionario que lo ocupaba.
-Yo tengo el 371.
-Yo, el 372...
Los compartimentos estaban ditados de teléfono, alumbrado eléctrico y agua corriente, y los barracones disponí­an de cuartos de aseo, cocina, comedor, lavadero, botiquí­n y otros servicios.
Aquello era el paraí­so del soldado.
A las pocas horas de su llegada, las expediciones divisionarias recorrí­anlos dos campamentos de arriba abajo, visitaban los terrenos de ejercicios tácticos, las explanadas de instrucción, los refugios antiaéreos, los servicios sanitarios, las cuadras, los almacenes, las oficinas y hasta las estaciones ferroviarias, emplazadas estratégicamente en el perí­metro del doble campamento. Pero sus lugares preferentes de visiteo eran el teatro donde se representaban comedias musicales a cargo de grupos artí­sticos movilizados por la Wehrmacht, y la sala de cine donde se proyectaban pelí­culas de la UFA y dicumentales de la guerra del este.
-¿Vamos a otra?
-Pero si no me cabe más cerveza en el cuerpo...

Seguiremos.
Saludos.

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Las voluntarios españoles llegan a Grafenwí¶hr
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Hospitales.

Notapor juantono carro 001 el Dom Nov 18, 2007 5:30 pm

En el cruce de Grigorowo, el camión alemán de zapadores se detuvo. El chófer se apeó de su cabina y les ayudo a bajar. El camión era un Renault, chato, francés, con el motor dentro de la cabina. Levantando un poco el capot y colocando un ladrillo para que no se cerrara, un estupendo calor hací­a innecesario el capote. Pero allí­, con el chofer y su ayudante, sólo podí­an ir, con muchas apreturas, dos personas más.
Fulgencio, por aquello de padecer congelamoento en las manos, habí­a obtenido el puesto. Otro fuera para Diógenes Alguaza, con heridas en...las posaderas. Rafael Nónica iba detrás, emfermo de hí­gado, con los ojos amarillos. Todos pertenecí­an a la 9ª del 262 e iban en busca de asistencia.
Eran las bajas de aquel dí­a.
-¿Qué hacemos?- preguntó Alguaza.
Fulgencio se encogió de hombros. Podí­an ir andando. O esperar a que pasara un trineo o un camión. Pero una troika o un carro con esquí­es significaban mucho frio. Era preferible caminar. Ya, en el instante que llevaban allí­, indecisos, los tantos y tantos bajo cero empezaban a morder. Acababa de empezar Diciembre y el termómetro señalaba -32º, una broma, desde luego.
-Nos vamos a quedar helados. Marchemos de una vez. Sólo son tres kilómetros.
Fulgencio sabí­a que tres kilómetros en la nieve, en una carretera batida por la cellisca, resbaladiza como demonios, no eran tres kilómetros normales. Pero en peores se las habí­a visto. Diógenes refunfuñó un poco, pero se conformó y tiró para adelante, caminando lo mismo que Charlot. Fulgencio sabí­a que en el botiquí­n le habí­an destrozado el pantalón por atrás y que llevaba el culo poco menos que al aire. Menos mal que el capote salvaba las apariencias.
Mónica no decí­a nada. No acostumbraba a ser muy locuaz. Tení­a el hí­gado hecho migas. En España le habí­an dicho los médicos que no tomara grasas. Y en Rusia habí­a que tomarla a puñados, como el mejor remedio contra la inclemente temperatura...
Fulgencio levaba las manos metidas en manoplas rellenas de algodones. En aquellos momentos no las sentí­a. Evitaba tocar cualquier objeto y cuando resbalaba dejaba que el cuerpo entero besara la nieve como un saco de paja; y permanecí­a quieto hasta que le ayudaban a levantarse.
Pasó un camión con cadenas en las ruedas traseras. Levantó una nube de diminutos cristales y les obligó a pagarse a las cunetas. Las cunetas ofrecí­an la pecualiedad de que estando al mismo rasante si se pisaba en ellas se hundí­a uno hasta las cirvas.
Diógenes chilló:
-¡Cornudo!
El camino se extendí­a por un terreno despejado. El boaque quedaba un tanto alejado... Un bosque joven, de árboles esbeltos creciendo muy juntos, con las ramas cubiertas de escarcha.
-¿No llegamos?
No terdarí­an, era muy raro que no encontraran españoles por allí­. Sabí­a que el Cuartel General estaba más allá. Y en el Cuartel General habí­a mucha gente. Se los habrí­a tragado la tierra.
-Mira; son rusos-señaló Rafael Mónica deteniéndose.
Sí­, eran rusos, prisioneros. Estaban limpiando la carretera. Cincuenta tí­os, con los pies envueltos en trapos, con cara de hambre, manejando unas palas de madera. Dos soldados con supercapotes les custodiaban. El detalle de los supercapotes le indicó que podí­an ser alemenanes; seguro que eran alemanes.
-Anda- dijó Diógenes, preguntaduna si esta lejos el hopital.
Porque una vez se tiro el farol de decir que hablaba alemán sus compañeros le poní­an por delante. Y lo cierto era que su alemán no lo entendí­a ni Dios.
-Camerade...¿Lazareto...? ¿Espanien lazareto...?
-¡Ya...ya! el alemán se enredó en palabras, seguro que era entendido. Lo unico que sacaban en claro era que el hospital estaba más adelante.
-¿Qué sice este tí­o?
-Que nos falta un poco todaví­a...
-¿Cuánto?
-No sé..No le entiendo bien.
-Bueno...sí­...Pero es que debe hablar en...dialecto prusiano. Ya sabes que los prusianos...
-¡Mierda! ¡Déjame a mí­!
Diógenes se adelantó a los prisioneros, que habí­an suspendido el trabajo y contemplaban la escena con infantil curiosidad.
-Eluse, camarada...¿Espanki hospital? ¿Sudá?
Los rusos empezaron a reir. Uno de ellos habló.
-Da da...Hospital...Tan, na daroga...na prava daroga.
-¿Esñoka verstas?
-Da da...verstas, ayí­n...va...va verstas.
-Spasiva balsoi, tovarich.
Ya estaba arreglado. A la derecha de la carretera a
dos kilómetros, un poco menos. Los alemanes se reí­an también. Fulgencio se decí­a que eran tontos. Si hubieran reflexionado les habrí­a dolido que sus camaradas hispanos se entendieran mejor con los exenemigos que con ellos. Pero los doiches eran algo duros de ironia. Entraron en el hospital, un sargento malhumurado que después de mirarles sospechosamente les interrogó sobre sus heridas. Enseguida los separó: Rafael fue destinado a una sala, Diógenes a otra. Fulgencio quedó relegado a una habitación onmensa, frí­a, donde una estufa devoraba enormes troncos si ofrecer calor a penas.
Después de dos horas de haber llagado, sin que nadie le hubiera atendido, Fulgencio buscó a sus amigos. Diógenes se encontraba en una sala grande, la de los herí­dos leves, disputando con un sanitario porque éste sólo le habí­a dado dos mantas, mantas alemanas, insuficientes a todas luces. Diógenes le llamaba al otro de cabrón para arriba y éste tragaba quina mirmurando: "Si fueras un enfermo..."
Fulgencio esperó la terminación del jaleo. Diógenes, envuelto en su capote y con el gorro encasquetado, como todos, termonó de arreglar su camastro.
-¿Qué pasa?-preguntó indiferente.
-¿Te encuentras bien?- preguntó.
-¡Bah! Peor se está allí­...
Pero en ese "allí­" no olí­a a orí­nes, escrementos, sangre y a grangrena, allí­ la muerte llegaba sin esperarla, aquí­ se esperaba...gemí­dos y ayes, llamadas a las madres, esposas y de vez en cuando se pedí­a un sacerdote.
A fulgencio, aquello le vení­a mal. La tarde y la noche fueron terribles un olor a acre se respiraba por doquier. No en vano se decí­a que un hospital de primera lí­nea no podí­a ser otra cosa: un lugar de primera cura y evacuación. Los herí­dos no inspiraban piedad porque eran muchos, casí­ todos...Pero aquella improvisación española...
Buscó a Rafael y le dijo:
-Vámonos.Rafarl asintió. Recogieron sus macutos y vuscaron a Diógenes, éste se negó a marcharse. El camino no tení­a perdida. Era el mismo que habí­an recorrido el dí­a anterior, sólo que a la inversa. Encontraron los mismos rusos quotando nieve, los mismos camiones rechinando en la nieve, los mismos sonidos del frente...
En la carretera general aguardaron el paso de un camión, un camión alemán. Hicieron señas. El vehí­culo se detuvo.
-Bitte camarada...Tú haven llevarnos...lazaret?
¡Hospital!
-Ya, ya...!spanien...-contestó un feldwebel, señalando el cruce.
-Nicht...Doitch, alemám, germano...
-¿Spanien lazaret nicht gut?
-Gut, gut... Fild ferwurden... Muchos heridos; monoga heridos, blessi...rañen...
Alemán, español, ruso, francés...Galimatí­as puro, bueno para soldados. El germano se rascó la barbilla. y abrevió:
-Ya...¡comment!

Seguiremos.
Saludos.

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Heridos evacuados del frente.
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Dios en el infierno.

Notapor juantono carro 001 el Jue Nov 22, 2007 3:26 pm

Algunos le llamaban Páter, otros Curita y los más don, don Manuel. Con todos se entendí­a aqunque su violí­n sólo tubiera una cuerda.
Los soldados, lo reconocí­a, eran niños grandes con un terrible juego entre las manos y con ellos no cabí­a sutilezas: grano gordo y la ternura escondida.
Era jóven y llevaba gafas que estando en la mitad de la nariz le quedaban separadas cuatro dedos de los ojos y de la punta de la misma, eso querí­a decir que las tení­a grandes. Llevaba uniforme y el camuflage, como todos; pero no le hací­a falta llevar las insignias de su asimilación a teniente, todo el batallón le conocí­a.
Su batallón... El 14 de Diciembre de 1.942 habí­a salido de lí­nea y estaba descansando en Puschkin. No por mucho tiempo, pues se rumoreaba que saldrí­an enseguida pasra relevar al tercero. El frente se comí­a a las unidades. Hubiera deseado que no murieran tantos magní­ficos muchachos, que no muriera ninguno...¡Señor! todos los dí­as alguno: balazos en la cabeza, en el vientre, en el pecho, degarraduras de la metralla...Su absolución, en estos casos era como el rocio sobre los despojos humeantes.
Las pasadas fiestas habí­an traí­do un reforzamiento de la piedad colectiva; Navidad, Año Nuevo, Epifaní­a, lo notaba claramente; Dios habí­a bajado a aquel infierno de los vivos. Lo notaba claramente en los que por la mañana se acercaban a oí­r misa...Posiblemente en otras ocasiones tení­a que ir él mismo a vuscarlos a sacarlos de las chabolas piojosas de sus Á­ntimos rencores. Ya se sabí­a. El Páter debí­a ser el consuelo, el último consuelo.
Pasó, cerca Odón Vaquero, que viendo al Páter tan cerca se dió una palmada en la frente, como si hubiera olvidado algo. Ya sabí­a él cual era el olvido.
-Ni pum, páter- dijo Vaquero-. Hoy ni pum...
Le amenazó con un dedo y dejo que se marchara. Ya conocí­a cuándo los hombres querí­an estar solos. Vaquero sin duda tení­a algún plan por las cercanias. No estorbarí­a. No tardarí­an de volver a la primera lí­nea...
Tení­a un acuerdo con Vaquero. Vaquero tení­a muy mala lengua. Siempre estaba maldiciendo. Un dí­a le reprochó esta costumbre y el otro se disculpó como pudo, que si el hábito, que si las malas compañí­as, que si le vení­a a la lengua. Y entonces le dijó que habí­a unas frases muy cortas, muy cortitas, que costaba poco trabajo aprender y se llamaban jaculatorias. Con ellas podí­a sacar almas del Pulgatorio, casí­ sin darse cuenta. Le serí­a fácil habituarse y de ese modo ganar almas para Dios. Vaquero dijó que sí­, que estaba bien la cosa. Al dí­a siguiente, en el hospitalillo, le dijo, cuando ya no se acordaba el páter de él: "Páter, hoy he sacado a cinco" "¿Cinco que, hijo?" "Cinco ánimas, caramba, no me desenime usted". Y desde aquel dí­a, siempre que se encontraban, Odón decí­a: "Hoy cayeron cuatro, páter..." O bien: "Hoy ni pum, no tuve tiempo..."
Así­ marchaban las cosas en la guerra, era inútil enfadarse. La ruda religiosidad de aquellos hombres rozaba lo irreverente, sí²lo la Á­ntima ternura escondida que tení­an en sus corazones, y la seguridad absoluta que tení­an en Dios, un Dios miope para sus andanzas de soldados, les salvava de ser lo que no eran. Y la solución mañana.
¡Don Manuel...! ¡Páter...!
Alguien le llamaba, gritaban su nombre, la voz vení­a del estanque. Hací­a un rato habí­a escuchado una detonación y sabí­a por el Teniente Parra que las escuadras de desactivación de minas andaban trabajando por ahí­.
-¿Qué pasa? ¡Estoy aquí­!
Llego jadeando un cabo de la tercera, enseguida se percató del asunto.
-¿Quién es?- preguntó.
-Vaquero.
-Vamos...
Vaquero...Media hora antes le tení­a enfrente: "Ni pun páter..." No podí­a pensar, no querí­a...Iba recogiendo del bolsillo sus ornamentos. Su berviario, que bastaba dejarle de canto para que se abriera siempre por el mismo sitio por "La manera de ayudar a bien morir" página 670.
Mientras trotaban el cabo le informó. Unos zapadores habí­an estado haciendo limpieza de minas y se habí­an dejado una a presión 35, como el que se deja un paraguas. Vaquero la habí­a visto y la recogió. Por lo visto intentó quitar el fulminante y le estalló. Estaba hecho unos zorros.
Vaquero tení­a el rostro quemado y las ropas destrozadas. Una manta protegí­a la mayor parte de su cuerpo. Protegí­a, mejor, a los que tuvieran los gustos delicados. Se estaba muriendo a chorros. Lo milagroso era que resistiera. Se acercó sin abrir el breviario. No quiso hacerlo. Se puso de rodillas. Vaquero tení­a los ojos abiertos y vió en ellos una mezcla de alegrí­a y tristeza. Tení­a el herí­do un boquete en el pecho y los pulmones debí­an estar llenos de sangre, no podí­a hablar, aunque lo intentó...
Supo lo que decí­a. Lo supó siempre... Le estaba diciéndo: "Páter, hoy he tenido un dí­a fatal, fatal de verdad. No he sacado ninguna, y además me voy yo para abajo". Y le entraron unas incontenibles ganas de llorar. Se las aguantó...Miseratur...¡Señor, piedad! ¡Jesús piedad!. ¿Tú has visto como ha muerto? Tú ya sabes como se muere en el frente y no haces nada por remediarlo...¡Porqué Señor...porqué!.

Saludos.

Nota: Estas narraciones estan tomadas de notas de comentarios y conversaciones que mantube con mis tí­os y otros divisionarios, más algo hay sacado de la lectura de algunos libros.

"...En la escuadra en que yo sirvo, hay un puesto para tí­...Mi canción se llama España, soy Doncel del Amadis..."
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El Laureado Teniente Galiana.

Notapor juantono carro 001 el Lun Nov 26, 2007 2:44 pm

-¡Fuego! ¡Fuego!...
La galopada no era nada cómoda. A cada dos pasos, el teniente y el cabo tení­an quw arrojarse a la nieve, meter la cabeza detrás de un tronco de árbol desgajado, ocultarse en los matojos, hundir los codos en las charcas cuya superficie congelada se quebraba al peso de los cuerpos y chapotear en el fango de los arroyuelos y regatos.
El teniente alzó de pronto el brazo derecho, y, al tiempo que se incorporaba, ladeó la cabeza y grito por encima del hombro con todas sus fuerzas:
-¡Adelante, muchachos! ¡Al asalto!...
Oyó el trotar de sus hombres detrás.
Caí­das, maldiciones. Ahora eran los soldados los que chapoteaban en las charcas; pero hasta el fango era un amable cobijo contra el chaparrón de proyectiles enemigos. Los soviéticos estaban allí­, a pocos metros de distancia, y César Rodrí­guez podí­a verlos asomando los cañones de sus naranjeros por las aspilleras de los fortines subterráneos, por entre los sacos terreros de los pozos de tirador a al amparo de los árboles y la maleza del bosque.
-¡Adelante! ¡Arriba España!...
Otra carrera. Otra vez al suelo. A disparar de nuevo, entre galopada y galopada, en cualquier postura, sin afinar demasiado la punterí­a. Y otra vez a correr con el corazón agitado y la mente confusa, aturdida, entre el bisbiseo de las balas y el estallar de los obuses.
Mariano Bretón corrí­a detrás de César Rodrí­guez. Oyó vagamente gritar a un herí­do. Pero no se detuvo a mirar en aquella dirección. Tampoco se detuvo cuando tronó un obús a pacos pasos de eistancia, relampaguó unos segundos y se produjo una tromba de nieve y tierra. La onda expansiva estuvo a punto de reventarle el cráneo. Pero siguiói corriendo hací­a el saliente del bosque.
-¡Sanitario!...
Los sanitarios se jugaban el tipo arrastrándose hasta los herí­dos. tirando de ellos hacia el talud de la carreter, pero no todos tení­an la suerte de alcanzar con vida los trineos de evacuación. Muchos de los sanitarios eran ametrallados en el trayecto y rodaban por la nieve y el barrizal mezclados con los cuerpos de los herodos.
-¡Arriba España!- volvió a gritar el teniente Galiana.
Corrí­a en dirección a una ametralladora soviética. Su cañón soltaba fogonazos por la aspillera. Zizagueando en la nieve, el teniente avanzaba disparando el cargador de su postola. A un par de metros le seguia el cabo abriendo fuego con la pistola ametralladora. El sargento Beloso, un poco rezagado con relación a ellos dos; no cesaba de apretar el gatillo del fusil ametrallador, cubriendo el avance, Y, detrás trotaba desplegada el resto de la sección.
-¡Corre, chaval!
Riquelme animaba a Vázquez, que continuaba la enloquecedora carrera pegado a sus talones. En aqueo momento Vázquez vio que el cabo del ametrallador se tambaleaba, caí­a hací­a delante como doblado en dos y rodaba por la nieve. Vio que el teniente, a su ves se llevaba las manos al pecho, hací­a una pirueta y se desplomaba en el suelo. Y después ya no vio nada más. Una nube roja se alzó ante sus ojos, Una llamarada de fuego le subió al coraelzón, y, cuando minutos después recuperó la conciencia, notó que el cabo Riquelme le pasaba unn brazo por los hombros, presionándole con fuerza.
_Te debo el pellejo, chaval.
-¿Yo?
No sabí­a nada. No recordaba nada. Cuando cayó el teniente, el y los otros rebasaron su cuerpo tendido de espaldas. Alguien habí­a chillado: "¡Está muerto! ¡Lo han matado!", y no pararon de correr hasta alcanzar el nido de la ametralladora y arrojar las cargas explosivas por la aspillera.
-¡Eres un jabato, chaval!
No sabí­a nada. No se habí­a enterado de él, Enrique Vázquez, habia desarmado a golpes de culata a un fusilero ruso en el momento en que éste iba a disparar, a quemarropa sobre el cabo Riquelme.
La sección de Asalto conquistó cuatro máquinas automáticas e hizo un grupo numerosos de prisioneros.
-¡Atrás! ¡De prisa!
Cuatro soldados de Asalto transportaban el cadáver en una manta. Traí­an el rostro demudado y apretaban las mandí­bulas andando hací­a la vaguada. "¿A quién traéis ahí­?" "A nuestro teniente". Quiso añadir: "Era todo un hombre", pero no pudo. Al soldado aquel le temblaba la voz.
-¡A ver, sanitarios!...
Depositaron el cadáver sobre una ambulancia. Alguien dijo que aún vivia mientras le transportaban en la manta. Que aún se contrí­a su cuerpo ensangrentado. Que acaso pudo darse cuenta de que se le iba la vida a chorros entre los brazos de sus "guripas".
-¡Adelante, muchachos!
Más tarde enterrarí­an al teniente Jaime Galiana Gamilla en el cementerio de Grigorovo. Le meterí­an en un ataud de pino y lo echarí­an a una fosa. Una Escuadra dispararí­a la salva de honores dedicada a los oficiales caí­dos. Tal vez se cantara el Caral Sol y pronunciarí­an los gritos de ritual...Pero éste no era el momento de las ceremoní­as. "¡Adelante, muchachos!" Habí­a que continuar el avance. Los de asalto habí­an despajado el camino y habí­a que alcanzar el objetivo antes de que anochesiera. El objetivo era Sitno.

Saludos.

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Soldados españoles avanzan en la nieve.
...Aunque los vientos de la vida soplen fuerte, soy como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie...¡Resistiré!...
Picar como la avispa, morder como la serpiente, golpear como un martillo pilón.
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